martes, 23 de diciembre de 2014

La carrera automovilística de Juan Pablo Montoya.

Entrevista por Mauricio Silva Guzmán  para la revista BOCAS.



Tuvieron que pasar veinte años para que Juan Pablo Montoya revelara los secretos más curiosos de su larga carrera, una de las más brillantes del automovilismo mundial. Una historia que empezó con una leyenda que se volvió mito –la hipoteca de la casa de sus padres– y que sumó episodios delirantes como un robo que sufrió por parte de la policía mexicana en el aeropuerto de Ciudad de México, un tabique roto en su primer test profesional, un tentador ofrecimiento del Rey Juan Carlos de España, las envidias de sus competidores, las intrigas y las traiciones de los constructores y hasta una borrachera –con karaoke incluido– con el más grande rival de su vida: Michael Schumacher. Aquí está un nuevo rostro de uno de los personajes más queridos y odiados de Colombia.

La vertiginosa vida deportiva de Juan Pablo Montoya ha estado marcada por una leyenda –con tendencia al mito–, que se resume así: si no fuera porque don Pablo Montoya, su papá, no hipoteca su casa, el entonces muchachito no hubiera llegado a ser lo que fue.

Como siempre sucede con la mitología urbana, esta historia también fue construida por un puñado de hechos asombrosos en los que el protagonista, un bogotano clase media, se convirtió en un ser extraordinario. En una especie de héroe moderno.

A finales de 1994, Juan Pablo Montoya era un hábil piloto de 19 años perfectamente desconocido en las altas esferas del automovilismo mundial. Su papá, un excorredor colombiano, estaba convencido de que, en sus manos –y en las de su hijo–, tenía a un futuro campeón mundial. Y decidió ir hasta las últimas consecuencias. Por aquellos días, el futuro astro corría en la categoría Barber Saab, de Estados Unidos, y, paralelamente, en la Fórmula N, de México, de la que acababa de salir campeón.

A su viejo, que entonces era su representante, tutor, mejor amigo y guía, le habían dicho personalidades de ambas competencias que ya era tiempo de que Juan Pablo se probara en Europa, específicamente en Inglaterra, donde se forja la élite del deporte motor. Pablo decidió dar el salto, rompió todas sus alcancías, hizo varias llamadas y logró arreglar una cita para que el equipo West Surrey Racing le hiciera una prueba a su hijo en la Fórmula 3, en la pista de Donington, en Inglaterra.

El día que padre e hijo salían de Ciudad de México, rumbo a Londres, padecieron el primero de varios accidentes: “La policía mexicana del aeropuerto del D.F., con un descaro que no volví a ver en mi vida, nos robó los pasaportes, los pasajes y la plata que teníamos encima, nos sacó las maletas a una puerta, nos puso literalmente en la calle y nos dio una moneda para hacer una llamada”, revela, veinte años después, el padre de Montoya.

La primera llamada que hicieron con esa moneda fue a los dueños del equipo que tenía Juan Pablo en México para que los rescataran. La segunda, a la gente del equipo West Surrey, con los que tenían la cita en Inglaterra: “…Por favor, aplácenos el test un par de días más mientras volvemos a sacar los pasaportes”. Pero no hubo poder humano. “Lo sentimos. No los podemos esperar”, les contestaron. El viejo, en un acto desesperado, llamó a otro equipo, el Fortec Motorsport, con el único fin de no perder los pasajes y el impulso. Milagrosamente, les dijeron: “Los esperamos en tres días”.

Setenta y dos horas después, agotados y angustiados, Pablo y Juan Pablo estaban en la pista de Donington Park, listos para el test. “Aquel día llovía y en la curva más complicada del circuito se hizo un charco en el que todos los pilotos paraban para evitar un accidente. Cuando Juan Pablo salió, se la jugó toda y no frenó en el charco; por el contrario, pisó a fondo. Y en la segunda vuelta hizo lo mismo, pero un poco más rápido. Y en la tercera, ya todos en la pista preguntaban quién era ese loco. “Y yo lo único que decía era: ‘Este muchachito se va a dar un guarapazo y, si se estrella, ¿yo cómo voy a pagar ese carro tan caro?’. Por fortuna no fue así y Juan Pablo hizo un tiempo excepcional –rememora su viejo–. Cuando terminó el test, oí que me llamaron por el parlante de la torre de control. Yo fui con el rabo entre las piernas pensando que algo terrible había hecho mi hijo. Y cuando entré al salón de los comandos, el ingeniero encargado de la pista, un tipo serísimo, me dijo: ‘Lo que le voy a decir no acostumbro decirlo. Usted tiene un piloto de excepción’. Me apretó la mano y nos fuimos con la esperanza de que nos contrataran”.

Días después, aprovechando que estaban sumergidos en ese viejo mundo del motor, padre e hijo decidieron solicitar otra cita, esta vez con el equipo de Jackie Stewart, leyenda mundial de la Fórmula 1. Y, de nuevo, milagrosamente, los aceptaron, pero para probarse en la fórmula Vauxhall, en el circuito de Silverstone.

Ya en la pista, cuando los ingenieros de esa escudería se dieron cuenta de que Juan Pablo era un hombre bajito (1,68 m), muy de afán le adaptaron el auto y le sacaron un poco más los pedales para que pudiera maniobrar. El arreglo no quedó bien y el bogotano, en la segunda vuelta de la prueba, se estrelló gravemente. “Si no saco las piernas, las pierdo”, recuerda hoy Juan Pablo. Incluso , de aquel accidente le quedó una severa desviación en el tabique que aún asoma. (Lea también: Montoya, Schumacher y Verstappen, los herederos de la velocidad).

Lo más cruel del asunto es que aquella tarde, en aquella pista, estaba un tal Darío Franchitti (quien después fuera su rival), que ya hacía parte de ese equipo y se burló de Montoya tras la desgracia: “Se estrelló y está buscando excusas”, vociferó.

Cuando ya les estaban cobrando el destrozo del auto a los Montoya, un ingeniero, luego de analizar la telemetría, entendió que un pedal había quedado suelto y aceptó la falla mecánica. Fue así como Paul Stewart –el hijo de Jackie– les dijo: “Está bien, no tienen que pagar el auto que acaban de estrellar”. De esa manera, cuando bajó la marea, Montoya papá le preguntó: “Ya sé que no van a contratar a mi hijo, pero, si quisiera correr con ustedes, ¿cuánto costaría el año?”. Stewart, impávido, le contestó: “330.000 libras esterlinas”.

Días después, el equipo de Stewart viajó a la pista de Donington para hacer sus propias pruebas. Fue así como aquel ingeniero de la torre de control que había felicitado a Pablo, les dijo: “Aquí vino un jovencito, creo que colombiano, de apellido Montoya. ¡Es un fenómeno! Vayan por él”. Y al otro día, el propio Jackie Stewart le mandó un fax a Pablo Montoya que decía: “Queremos que su hijo corra con nosotros. No tienen que pagar las 330.000 libras que les dijimos. Simplemente consigan 70.000 libras, eso sí, para la otra semana. Entonces él será nuestro piloto”.

Esa misma tarde, Pablo Montoya habló con los posibles patrocinadores de Juan Pablo en Colombia –Autoniza, Marlboro y Aguardiente Néctar– y les dijo: “Es un hecho, mi hijo va a correr en la fórmula Vauxhall de Inglaterra. Necesito de toda su ayuda”. Dos días después, padre e hijo acudieron a la firma Leasing Capital y, a escondidas de doña Libia Roldán, la mamá de Juan Pablo, hipotecaron la casa por la suma en pesos que representaban las 70.000 libras esterlinas.

En aquel año, 1995, Montoya ganó muchas válidas, terminó segundo de la Fórmula Vauxhall e inició una carrera sencillamente excepcional. De allí en adelante todo fue vértigo, delirio y grandeza. Aquel atrevido bogotano de clase media no solo se convirtió en una estrella de las grandes ligas del automovilismo mundial, sino que, a lo largo de dos décadas, les regaló a los colombianos un montón de triunfos sencillamente impensables para un país que contaba (y aún cuenta) con tan solo una precaria pista de automovilismo. “Montoyita”, como se le conoció en sus primeros años de fama internacional, ganó siete grandes premios de la Fórmula 1, entre ellos los más famosos: Mónaco, Monza, Silverstone y Hockenheim. Corrió para dos escuderías de lujo: Williams y McLaren. Estuvo cerca de pelearle un título a la gran leyenda Michael Schumacher. Fue campeón de la CART (con 11 carreras ganadas); de las 500 Millas de Indianápolis y tres veces de las 24 horas de Daytona.

Ese es Juan Pablo Montoya, el colombiano que por más tiempo y con mayor efectividad se ha movido en las altas esferas del deporte mundial. Un fuera de serie. Una especie de héroe con cara de gente normal.

No está de más volverlo a decir… Sin su papá no hubiera logrado todo lo que alcanzó. ¿Es la figura definitiva de su vida?

En realidad yo creo que para él todo esto también fue un sueño. Él la luchó tan duro como yo la luché, incluso más duro al principio. Pero fuimos de la mano juntos y juntos llegamos a donde llegamos. Fue una vaina muy satisfactoria para los dos. Hoy, él ya está acostumbrado y disfruta mucho más las carreras, mucho más relajado.

Parece lógico que su papá esté relajado hoy, pero al principio de toda esta historia él debió apretar mucho los dientes, ¿o no?

Obvio. La verdad es que mi papá me la puso muy clara: “Ganamos o pa’ la casa. Si no ganamos, no hay patrocinios, ni nada. Así que hay que ganar”.

Desde siempre.

Sí, pero mucho más cuando fuimos a Europa, hace veinte años.

Su hijo Sebastián, de nueve años, ya comenzó una carrera automovilística: es subcampeón panamericano de karts. ¿Podría decir que usted es con él como su papá fue con usted?

Creo que mi papá vivió todo como vivo yo ahora lo de mi hijo. Yo debía tener seis o siete años cuando en una prueba de karts no seguí por la pista, sino que me pasé por el pasto. Una vez terminé, mi papá revisó el timón y, cuando vio que no había pasado nada, me dijo: “Si vino a pasear, pues vámonos para la casa”. Y eso se lo digo igual a Sebastián. Yo le digo: “Mire, si quiere correr de hobby, yo lo apoyo; pero yo no le voy a dedicar ni mi tiempo, ni mi esfuerzo, ni nada de eso si usted no va a poner de su parte. Si usted trabaja duro, yo trabajo duro. Si usted no hace un culo, yo no hago un culo. Entonces usted tiene que saber que cuando usted se baja del carro después de cada práctica, pues nos vamos para la carpa, hablamos de cómo está el chasis, cómo está el motor, qué necesitamos mejorar y qué hay que trabajar, después de eso, me importa un carajo, váyase a jugar; pero si usted se baja del carro, se va a jugar y no habla conmigo, pues yo no le cambio nada”. Y de la misma manera cuando hace la tarea bien, pues se la celebro igual de fuerte. A ver, es que el automovilismo y la mayoría de los deportes son muy duros y crueles; y si uno no tiene piel gruesa y no sabe cómo llevar las vainas, pues no va a salir adelante.

¿Qué es tener la piel gruesa en automovilismo?

Piel gruesa es la que hay que tener el día que el jefe lo insulte, o el día que se tenga que dar carrazos con otro. En esto hay que darse en la cabeza y tener la madurez mental para poder salir de los huecos; porque cuando todo va bien, pues bien, pero cuando las cosas no van muy bien, entonces hay que tener la piel gruesa…

¿Cuáles son las diferencias que hay entre lo que le enseñó su papá y lo que usted le está enseñando a su hijo?

Digamos que las bases para manejar, y todo eso, son las mismas. La diferencia es que mi papá estuvo experimentando todo el tiempo. Él hizo lo que él creía, lo que creíamos que tocaba hacer, y las cosas, por fortuna, salieron bien. Con Sebastián hay un camino recorrido porque, gracias a Dios, yo llegué y sé cómo son las cosas. Yo recorrí ese camino, entonces también sé qué es lo verdaderamente importante.

¿Qué es lo verdaderamente importante?

El enfoque. Y eso no significa que tenga el casco más bonito, ni las botas limpias ni todo eso que le sucede hoy a mucha gente: “¡Uy, tengo guantes nuevos y miren mis calcomanías!”. No, señor. Uno tiene que saber a lo que viene.

¿Es cierto que usted no recuerda la primera vez que se subió a un kart?

Pues si tenía seis meses, ¿cómo me voy a acordar? ¿Usted recuerda qué hizo cuando tenía seis meses?

Pero a los seis meses no manejó…

Lo primero que recuerdo son las idas al kartódromo. Tengo clara mi primera carrera nacional grande. Debía tener siete años. Me la iba ganando de lejos y a un chino de nombre Juan David Solórzano –todavía me acuerdo del nombre– le cogí una vuelta. Faltaban cuatro curvas para terminar y no me dejó pasar y me bloqueó y me bloqueó. Entonces, el segundo, que era Jaime Guerrero, me pasó en la última vuelta. Cómo sería el empute que todavía me acuerdo de eso.

¿Y es cierto que su primera comunión casi la hace sobre un kart?

El cuento es que mi mamá me preguntó que yo qué quería de primera comunión y yo lo dije: “Ir a correr karts”. Entonces nos fuimos a correr a Cúcuta. Recuerdo que al lado de la pista había un parque de diversiones y que todos los pilotos de infantil, antes de correr, nos montamos en esas tazas gigantes que daban vueltas. Una vez arriba, nos llamaron por el auto parlante: “Pilotos de infantil, por favor a la grilla”.

[Risas].

A los 15 años usted ya estaba corriendo el campeonato mundial de karts junior. Pero no lo ganó. ¿Recuerda qué pasó?

Salí a botes en los dos mundiales que hice. El primer año fui el más rápido. Pero me acuerdo que mi papá me agarró antes de clasificar, me miró y me dijo: “Fresco, siga haciendo lo que está haciendo, estamos muy rápidos, no cambie nada”. Y me metí una “paniquiada” la hijueputa [risas]. Era el primer evento grande de mi vida y con las palabras de mi papa me bloqueé, me casqué y salí a botes… Y después, a lo largo de su carrera, ¿se le repitió esa sensación de pánico? Toda la vida. Pero empieza uno a manejarlo. Cada vez es más fácil, cada vez se vuelve más natural sentir ese estrés tan hijuemadre.

Usted pasó de la Fórmula Renault, en Colombia, a la Barber Pro Series, en Estados Unidos. ¿Un abismo?

Fue muy impresionante porque pasé de manejar fórmulas que en Colombia tenían 100 caballos, a fórmulas que tenían 240 caballos. Entonces esa vaina sí se movía y era con turbo. Al siguiente año manejé un poquito menos de potencia, pero eran autos aspirados, por lo cual aceleraban mucho más rápido.

Entonces dio el salto a Europa tras la famosa hipotecada de la casa y la llegada al equipo de Jackie Stewart. ¿Otro abismo?

¿Perdón? Me tocó volver a aprender a manejar.

¿Por qué?

¿Por qué? Porque me metían un segundo por vuelta [risas]. Es que al principio a uno le dan muy duro en la cabeza. El nivel es mucho más alto.

A todas estas, ¿usted cómo resolvió el tema del colegio?

Es que los profes de mi colegio eran muy queridos… Yo habilité el 80 % de mi bachillerato.

A usted lo echaron del colegio Campestre y terminó en el San Tarsicio. ¿Se puede saber por qué lo echaron?

Porque me pusieron 5,8 en una habilitación y me emputé demasiado. Y no digo más. Lo único que sé es que mi mamá salió llorando del colegio porque le dijeron que yo era lo peor. [Risas].

Entonces comenzó su carrera universitaria: el automovilismo profesional. Y en una institución de todo el prestigio mundial como lo fue el equipo de Jackie Stewart. ¿Qué fue lo que más le impresionó apenas conoció a semejante leyenda?

Él nos invitó a la pista a los nuevos pilotos dizque a enseñarnos a manejar. Salimos todos por la mañana a la pista y nos metió medio segundo a todos en auto de calle. ¡Impresionante!

En 1995 compitió en la fórmula Vauxhall. En 1996, en la Fórmula 3. Y en 1997, en la Fórmula 3000, en Austria. ¿Esos años, llenos de sacrificios, fueron su gran escuela?

¡Uy, juepucha! Todo fue duro, empezando porque no había nada de billete. Con decirle que en el primer año en Inglaterra, el mánager de mi equipo me dijo que tenía un Ford Fiesta botado, uno del año 73 y que me lo daba para que yo tuviera en que moverme. Pero me tocaba meterle un varillazo todos los días al arranque para que encendiera. Además, mi vida se convirtió en ir de la casa al equipo y del equipo a la casa. Por lo me-nos así fue en Graz, Austria, un pueblito en mitad de la nada. Eso fue como si mandaran a un sueco a vivir a Tunja, sin hablar ni papa el idioma.

[Risas].

¿Qué tan aburrido?

Una vez un amigo me fue a visitar a Inglaterra y de querido me hizo mercado. Cuando llegué y vi el mercado en la nevera lo “putié” porque me dejó sin plan: “¡Marica, y ahora yo qué voy a hacer esta semana!”, le dije.

Leí en alguna entrevista que, en Europa, usted se convirtió en un experto en McDonald’s, porque era lo más barato que había. ¿Eso es verdad?

No, eso es mierda. Lo hice porque, en todos mis viajes, me encantaba comer en McDonald’s para comparar. Es que no hay dos locales en el mundo donde las papas sepan igual...

¿Cuándo se dio cuenta de que es un fuera de serie?

Nunca.

¿Entonces usted se hizo? Digo, ¿se necesita mucho más que talento?

El talento es relativo. Hay que tener talento, pero, ¡ojo!, el 80 % de la gente que corre no tiene talento. Es decir, cuando yo tenía 16 o 18 años, en vez de ir a entrenar al autódromo, pude haberme ido de rumba. Pero no lo hice. Y ojo que no fue sacrificio porque para mí era rico hacerlo, era lo que yo quería hacer.

¿Alguna vez se comió el cuento de ser una estrella?

Es que yo nunca me consideré mejor que nadie, pero tampoco me consideré peor que nadie.

Volvamos a su carrera deportiva y saltemos a 1998 cuando otra leyenda del automovilismo, Frank Williams, lo citó para que se conocieran y para que se convirtiera en el piloto de prueba del equipo William F1 Racing. Entiendo que fue la primera vez–y una de las pocas veces en la vida–, que se puso corbata... ¿Recuerda qué le dijo?

Primero, en efecto, si fui a comprarme una corbata. Lo segundo, Frank me recibió en la fábrica, en Williams, pero no recuerdo nada. Incluso, cuando salí, mi papá me preguntó: “¿Y qué?, ¿qué le dijo?”. Yo simplemente le contesté: “Que chévere. Que quiere que pruebe el carro”. Luego me invitó a hacer el test en la pista de Jerez donde, apenas terminé, me la soltó: “Quiero que se quede aquí y nos acompañe en la carrera de mañana en los pits”. ¡Mierda, esas ya eran otras ligas! Ahí supe que iba a manejar su carro. Entonces me quedé a ver una carrera en el año en el que Villeneuve le ganó el campeonato a Schumacher. Me acuerdo que la relacionista pública de Villeneuve era creidísima y que fue la que me pusieron para que me llevara, me trajera y me mostrara todo. Yo entonces me paré al lado de Frank y de Jonathan toda la carrera. ¡Impresionante! ¡Ja!

Entonces se hizo piloto de la Williams para la Fórmula 3000 y fue la sensación: cuatro victorias, nueve podios, siete pole position… Pero no ganó…

El primer año boté el campeonato por loco, por pasado, por andar duro. Yo me le metía a todo el mundo y rompía carros…

¿Cree que su fama de “rompe-carros” es justa?

Pongámoslo así: los rompo más que el promedio, pero gano más que el promedio. ¿Y usted qué prefiere? ¿Un man que no le rompa el carro y termine de quinto?, ¿o un man que gane, que se arriesgue a ganar y que la cague algunas veces? La verdad es que uno con los años se hace más inteligente y aprende a saber cuándo echarla y cuándo no. Pero saber cuándo echarla y cuándo no también es un arma de doble filo, la hijueputa. Es que uno a veces se puede pasar de conservador y este deporte, de conservador, pues pa’ la casa mi hermano...

En 1999 tuvo un momento realmente crítico en su carrera: Frank Williams no lo firma para la Fórmula 1 y, a cambio, decide llevar a Zanardi...

¡Uy, jueputa! Eso fue muy teso porque el equipo Jordan me había ofrecido una silla y yo, para evitar vainas, llamé a Frank y le dije: “Jordan me ofreció silla”. Entonces él me dijo: “Si usted va a correr Fórmula 1, la corre conmigo”. Él me dijo eso, pero se llevó a Zanardi y a Ralf Schumacher. Yo la verdad pensé: “Hasta aquí llego en mi carrera”, porque el 90 % de la gente que va a ser piloto de pruebas, se queda en piloto de pruebas y pa’ la casa.

¿Cuándo se enteró de que Williams había hecho un arreglo con Chip Ganassi para que usted corriera en la Indy Cart?

A mí me llamaron y me dijeron que me fuera a Barcelona porque Zanardi iba a probar el auto y necesitaban que yo le ayudara. Y yo les dije: “¿Para qué putas lo contrataron a él si quieren que yo le ayude?”. Entonces Frank me llamó y me dijo que eso estaba dentro de mi contrato y que tenía que ir, sí o sí. Ya en Barcelona me encontré con que allá estaba Chip Ganassi, que me citó en el hotel por la noche. Allá llegó con un folleto y me dijo: “¿Qué opina de Indy?”. Yo le contesté que era fan y que veía todas las carreras. Entonces me dijo: “Si le interesa, este es el contrato”.

¿Y firmó?

De una.

¿Hoy lo ve como una buena decisión?

Pues la verdad fue del putas porque me gané el campeonato Indy, me gané un poco de carreras y abrió las puertas para todo lo que hice. Donde yo no hubiera hecho eso, pues no hubiera corrido Nascar y no hubiera corrido Indy otra vez. Hubiera corrido solo la Fórmula 1, hasta meterme un tiro.

Entonces empezó la Montoyomanía en Colombia…

Fue chévere y a la vez fue duro con la prensa futbolera porque era un golpe al fútbol y, como no entendían, pues no les servía. Y por otro lado, todos querían entrevistas conmigo. pero no entendían que cuando iba a Colombia, iba a descansar.

¿Ahí nació su fama de antipático?

Sí. Y la verdad, a mí la gente no me conoce. El pedo más grande es que yo no corrí carros para ser famoso. Yo corrí carros para ser un “putas”, porque quería volver mierda a los demás y todavía quiero volver mierda a todo el mundo. Entonces los motivos míos para ser famoso, frente a los motivos de un actor, son muy diferentes.

En el año 2000 ganó las 500 millas de Indianápolis. Chip Ganassi le dijo por el intercom algo que todos oímos: “Usted es el piloto más importante del momento”. Eso no es poco, ¿no?

Yo no quería correr en Indianápolis porque el carro se estaba parando mucho: en Miami iba ganando y se varó; en Río iba ganando y se varó… En fin. Chip me dijo que quería correr Indianápolis y yo le dije que era una estupidez con ese carro… Pero fuimos y ganamos. [Risas].

¿Dónde estaba cuando Frank Williams lo llamó para decirle que usted ya era piloto de la Fórmula 1?

En Bogotá, en un hotel de la calle 100. Cuando me lo propuso, lo único que le dije fue: “Pero yo tengo un año más de contrato con Ganassi”. Y él me dijo: “No se preocupe, yo me encargo de eso”.

En el primer año en la Gran Carpa ganó Monza… La pregunta es un cliché, pero, ¿qué sintió en lo más alto del podio?

Alivio. Le digo la verdad, eso de ganar carreras al más alto nivel produce más alivio que dicha. Es que uno sabe que uno puede, pero hay que hacerlo; todos los que están ahí saben que pueden hacerlo, pero hay que hacerlo. Entonces, cuando ya finalmente gana, dice: “¡Ufffff, hijueputa, ¡gané!”. Es que eso hace parte del contrato.

Y fue novato del año, también…

Eso no significa nada. Por lo menos para mí, no.

En ese año usted fue nombrado deportista iberoamericano del año, un premio que entrega el rey Juan Carlos de España. ¿Es cierto que él le dijo que le iba a dar la nacionalidad española?

El Rey, adorado, me dijo: “Si necesita la nacionalidad, yo le puedo ayudar a conseguirla”. La verdad me sonó mucho, pero nunca hicimos esa vuelta.

Entonces no había un Fernando Alonso. ¿Tal vez el rey quería una estrella colombo-española?

Esas son vainas que para usted son noticia, para mí no.

Después ganó el gran premio de Montecarlo y esa vez le tocó la dicha de ganar una carrera mítica, pero, a la vez, la paciencia de soportar el protocolo de un principado…

Yo crecí viendo la Fórmula Uno y crecí soñando con ganar en Mónaco. Entonces poder ganar eso es importante. Pero yo no tenía ni puta idea de que si uno se gana Mónaco, le toca ir a una gala con el príncipe. Apenas se acabó la carrera me dijeron: “¿Usted tiene esmoquin?”. Y esa noche fue puro protocolo y nada más. Yo, la verdad, me quería ir a celebrar con toda.

¿A usted lo emociona el himno colombiano, la bandera y todo el tema de los símbolos patrios en el exterior?

Claro. Y es chistoso porque la gente cree que, como yo voy a Colombia poco, entonces a mí el país me importa un culo. Y es triste porque, la verdad, yo nunca he corrido por nadie. Mire, uno no puede hacer esto por otras personas. Si usted quiere ser bueno en esto, lo tiene que hacer por usted y nadie más. Si de paso puede llevar en alto el nombre colombiano, pues del putas. Mi himno ha sonado en Brasil, en Inglaterra, en Alemania, en todas partes y en todas las categorías. Por eso, yo me considero muy afortunado…

¿Tiene suerte?

Me gustaría tener más…

Cree que ha tenido más mala suerte que buena suerte en su carrera.

Sí.

¿Qué piloto ha contado con mucha suerte en las carreras?

Schumacher. Y la buena suerte en las carreras es el timing. Y eso significa que uno tiene que ir al equipo que es, el año que es, con el carro que es. Si usted no está en ese equipo, ese año, en ese carro, usted no gana. La Fórmula 1 es así.

¿Eso le pasó en 2002 y 2003 con Williams? ¿No era el momento?

Cometí errores, no tuvimos suerte y el carro no era tan rápido como tenía que ser. Lo otro es que los comisarios me la montaron. Había un hindú que si yo veía que yo iba, fijo yo salía con penalización.

¿Y qué pasó en McLaren?

Mire, yo corrí en los equipos que quise correr. Hice todo lo que quería hacer. Y no quería estar en McLaren. Es que no había una opción buena para quedarme en la Fórmula 1. Y si uno ha vivido todo eso y sabe lo que es importante es el timing del carro, si uno además sabe que si no está en un Ferrari –digo, en ese momento–, entonces, ¿para qué?

Usted sobrepasó a Michael Schumacher en Brasil cuando usted apenas era un novato. Desde entonces se habló de una terrible rivalidad que duró seis años. ¿Qué tanta enemistad hubo?

La verdad, la única vez que medio hablé con él fue en una fiesta de Mercedes, después de una carrera… Y ni siquiera hablamos, solo nos emborrachamos. Yo corría para BMW y él para Ferrari. La fiesta fue de Mercedes y allá coincidimos. Y nos metimos una rumba la hijuemadre. Barrichello se sumó y recuerdo que, los tres, terminamos cantando karaoke borrachos.

¿Por qué no le gusta hablar de su salida de McLaren?

La experiencia fue buena por un lado y mala por el otro. Solo le puedo decir que nunca me sentí en casa. Esa es la mejor manera de describir lo que me pasó en McLaren.

¿Cómo puede resumir sus siete años en la categoría Nascar?

Pues fue bueno, la verdad. Yo sabía que me iba a demorar dos o tres años en estar bien y lo hicimos. Y entramos al Chase. Y fueron buenos años, hasta que la economía se fue de culo y nosotros nos fuimos de culo… Chip Ganassi me lo dijo desde el principio: “Mi equipo en Nascar no es bueno. Nosotros ganamos en Indy, pero en Nascar no somos buenos”. La única vez que un carro de él entró al Chase fue el mío.

Todo parece indicar que usted vive muy feliz en Estados Unidos, ¿o no?

Me encanta la vida americana y odio la vida europea. A ver, consiga una farmacia en Europa a las ocho de la noche. Busque una ferretería en Europa donde vendan herramientas finas… Estados Unidos me encanta, estamos a tres horas de Colombia. Y vivir en Miami es como vivir en Bogotá, pero organizada…, es el mismo mierdero latino con la organización americana.

¿Muy difícil volver a vivir en Colombia?

Difícil por mi trabajo. Pero a mí me encanta Colombia. Todo me gusta aquí… Creo que la gente se iría de culo si supiera lo que yo aprecio a Colombia.

¿Por qué dice eso?

Porque la gente no me ve como colombiano… La gente en Colombia cree que yo soy un hijueputa, que soy intocable. Y la verdad es que soy un güevón muy fresco.

¿Qué lo preocupa?

Mi preocupación ahorita es si me voy a comer un Charlie’s Roast Beef, una hamburguesa de El Corral o un pollo de Kokoriko… Me muero por comer cualquiera de esas tres cosas ahorita, esa es mi preocupación más grande.

¿Es cierto que abandonó el golf por la bicicleta?

Sí. Estoy enfermo por la bicicleta, y cuando le digo enfermo, ¡uff!, es que me muero por el ciclismo.

¿Cómo se autodefine?

Soy una persona complicada. Si me llevan bien, soy muy fácil de llevar. Si me llevan mal, soy muy jodido de llevar. Soy muy descomplicado y, la verdad, vivo por mi familia y por mis carreras.

Y por los juguetes, según tengo entendido…

Toda la vida, esa es mi debilidad...

¿Una personalidad infantil?

Absolutamente. ¿No se me nota?

Entrevista por Mauricio Silva.

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